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Mar

Rompen las olas,

fluye pintura blanca. 

Mural salado. 

Nube

Cielo almíbar, 

en tu sueño despierto. 

Quizá el mío. 

Adiós

Vuelan gaviotas, 

oigo el alma del hombre. 

Cenizas al mar. 

Mañana

Ya he bebido.

Escucho petirrojos.

Leche de avena.

Noche

Canta un grillo.

Las luces decayeron, 

salvo la luna. 

Nada

La he oído. 

Silenciosa ofensa,

siempre la muerte.

Amor

Te he besado. 

Tu corazón me mira;

Me has besado.

Horizonte

Ya anochece. 


Oleoso naranja, 


te difuminas. 


Paisaje


Yo no decido


qué es lo que es bello.


Las nubes o tú.

El caso pendiente

     No es un hecho extraño encontrar atrapada la moralidad más allá de los barrotes ennegrecidos de lo ambiguo. Ella era una mujer casi anciana. Sin duda, no aparentaba su avanzada edad. Pareciera que cuando nadie la observaba, se rebelase fuertemente contra el paso del tiempo, y a pesar de las huellas, reclamos y reproches de éste, podías, en una simple mirada, a cada cincelada, desvelar el modelado de la hermosa joven que dormía dentro.

     No era su primera noche en prisión ni sería la última. Su condena fue tan justa como excesiva. Su delito, cuchilladas de innegable razón ante aquél, a veces conocido, que abusa de los débiles. No se trataba de honrar a su hija, ni siquiera de darle descanso; era un impulso violáceo, un acto heroico cuyo fin fue degollar el mal, aún haciéndose, de este modo exterminador, parte de él.

     Ni siquiera comía carne. No soportaba la crueldad ajena.

     A día de hoy el caso sigue pendiente. 


Naturaleza

Desde el silencio me hablan

montañas a lo lejos,

tejido vivo, 

 verde y amarillo,

en donde se pose la mariposa. 


Soy todo  lo que ello conforma,

y existo en esa existencia.

El cálido cielo respira en mis sienes

como un beso que pronto despierta. 


He remado hacia esos árboles, 

 jamás huyen ni abandonan. 

La claridad silba caricias al día

con el canto alegre del pájaro. 


Y en él se acuna en calma mi sentido,

y en su regazo adormezco,

en la eterna existencia 

en la que ahora existo. 


Poemas otoñales

I


Ha caído el sol y de su eco ya no arde fuego.

Las  hojas se han tornado del color de la tierra

y el soplo del viento se hace gris y fuerte.

El paso del hombre se vuelve lento

pero firme,

y su gesto se torna alicaído,

desgastado.

Los botones de su abrigo se van colando entre la tela

y no dejan frío que deje aún más tirante y seca

la piel de sus manos.



II


La puerta de la ciudad queda abierta y de su soga cuelgan los cadáveres respirando ruido y desorden. Sin duda sobrealimentan mi necesidad de sabor metalizado, a hierro, a sangre, a vacío acompañado de vacío.



III



Se está nublando el día.

Caen sobre tu cabello vestido de otoño

hojas mordidas por el tiempo.

El día se queda quieto, impasible.

Las sombras se esconden tras el sol caduco

y un pájaro llora la dureza desnuda. 

Se nubla el día, se está nublando.

Y amanece el cielo milenario

en la mueca de tu boca. 



La salida del Ocaso



Qué más da decir que no decir nada

si el silencio aguarda

al propio silencio

y  a las palabras.


Ya no pretendo correr entre estatuas de gloria.

Tampoco a mi barco le sopla ya un viento

de aliento austero.


Me limito a no limitarme.

No hallo pasos temerosos

que se muerden el tiempo

siguiendo una línea continua.


Ésta vez me propongo

un despropósito sensato,

tanto como lo es una vida de lluvia.

Anthurium Andreanum

          Como quien tiene hambre de mil años, olfateaba su rostro invisible a la vez que arrancaba con mis rodillas ardientes el candado de su múltiple entrepierna. No era un hombre bello, ni siquiera una mujer hermosa, era ambas cosas pero ninguna de ellas. No cesaba, a causa de esa fuerza mayor con que azota el deseo, de acariciar su dualidad como un todo perfecto, una obra completada en sí misma que me profesaba, correspondiéndome, toda su capacidad de amar. Al tiempo que yo descendía por su piel, me alentaba en morder, con esa suavidad imperceptible con que las aves se besan, sus pezones rosados. La textura de su sexo, a diferencia de otros casos no había padecido mutilación en la niñez, se hinchaba ante mi sola presencia desbocada, abriéndose o creciendo inevitablemente como así siente el alma del anturio.

La tienda de pelucas


Ella estaba radiante y bella como una princesa que baila de página en página por los cuentos. Había comenzado con la quimioterapia y su negro y abundante pelo estaba aún intacto. Su tez morena resoplaba calor de cada poro y entre cada palabra, silencio y entre cada silencio, sonrisa. Sonrisa dulce y amarga que acompañaba fielmente a su mirada oscura y penetrante. A veces resignada y a veces retadora. 

Tras su ducha diaria, me pidió como de costumbre en esos días de hospital, que impregnase de crema hidratante su cuerpo sedoso. Al poco de acabar la tarea, se abrió la puerta de la habitación, entrando con ímpetu y acción mi tía. En su mano llevaba una bolsa que entreabría dejándonos ver su contenido. El objeto comprado no era sino una cara peluca, que seguía los cánones de la moda, perteneciente a la tienda de la calle Luna, que hacía esquina con la avenida en donde estaba situado el hospital en el que había sido ingresada mi madre.  Ella, frunciendo el ceño y palpándose el cabello, alegó que no lo necesitaba. Pero recibió una respuesta clara que le hizo comprender la futura situación que iba a venir inevitablemente.

Una vez a solas, pregunté a mi tía si se había encontrado, por el camino y de casualidad, ese establecimiento o si, en caso contrario, lo conocía de tiempo atrás. Mi tía me explicó que estas tiendas se situaban, lógicamente, en las zonas donde la necesidad de los clientes podría ser mayor. Me sorprendió entonces mi ingenuidad pues parecía no asumir aún la magnitud de la situación por la que mi familia y yo estábamos atravesando. 

Los días, las semanas e incluso los meses, se sucedían uno tras otro preguntándose con temor y esperanza cuándo acabaría todo aquello. Mi madre ya notaba las primeras dificultades. Aunque la fiebre y los vómitos no asomarían jamás por su debilitado cuerpo como a muchos otros pacientes les sucedía, la calvicie ya asomaba, siempre a solas entre los más íntimos por una cuestión que ella caracterizaba siempre, en su coquetería, como dignidad. Para todas las visitas restantes, lucía con atractiva resignación su aterciopelada peluca de tonos  morados y rojizos.

Una tarde, y tras ajustar los turnos para el cuidado de la paciente, mi tía y yo bajamos por las escaleras en dirección a la calle para buscar un sitio donde comer. Al rato de caminar, un poco más alejado y en la misma calle donde se encontraba la tienda de pelucas, el ambiente de un restaurante italiano llamado Gelato di Roma nos incitó a entrar. El camarero nos indicó, con un leve movimiento de cabeza, que le siguiéramos hacia la mesa disponible. Era una pequeña mesa para dos personas situada junto al ventanal, un ancho y fino cristal por el que se percibía la bella luz del sol acariciar como pincel amarillento la inquietante calma de la calle Luna. 

Entre plato y plato, las palabras acallaron los gritos del silencio compungido que presionaba fuertemente nuestro ánimo: 
–Pasan los meses y le encuentro cada vez más débil –me atreví a decir.
–La quimioterapia es un veneno –sentenció.
–Apenas ya me regaña, ni siquiera conserva su mal humor –proseguí, sin dejar que se percibiese el miedo.
–Debemos afrontar con fuerza todo lo que pudiera suceder –alegó, compartiendo el mismo sentir.

Tan sólo dos semanas después, su cuerpo dejó de continuar con sus funciones vitales. Una infección bacteriana conocida como sepsis produjo pequeños coágulos sanguíneos que bloquearon el flujo de sangre a los órganos vitales causando su insuficiencia, y por ende, la muerte. Muerte fría, injusta y mediocre que arrancaba la vida de ella ante la mirada inerte de los objetos que tenían su lugar en la sala del hospital.   

El año que siguió no se ajustaba a lo que se entiende por vivir. Más bien sobrevivía entre pensamientos que chocaban entre sí como piedras incandescentes. Yo había heredado todos sus bienes y tuve que asumir hacerme cargo de vender algunas cosas que ya no eran de utilidad. La peluca, siempre arrinconada en algún cajón, había perdido a mis ojos todo su brillo y color. Por mucho que me esforzaba en el empeño, ya no quedaba rastro de su olor maternal en aquel desalmado objeto. Supe entonces que debía deshacerme de ello cuanto antes. Acudí a varios establecimientos de compraventa y en ninguno obtuve éxito. Tras un amargo impulso de recuperar lo perdido y revivir las ausencias, contemplé la posibilidad de volver al hospital en donde cruzando por la avenida hacía esquina la tienda de pelucas de la calle Luna. Y eso fue lo que finalmente hice. 

Al llegar allí, evité levantar la cabeza hacia donde la línea de los edificios rasga hiriente el cielo. No quise que mis ojos buscasen más que aquel establecimiento. Una vez situada  enfrente de él, y dejando paso a la gente que entraba y salía, me dispuse a entrar. Ya en el interior, miré a mi alrededor y no negaré el haberme deleitado con la gran cantidad de belleza que se alzaba por encima de mi cabeza en un semicírculo ordenado de pelucas según corte, estilo y colores. 
Salí de mi estado de impresión al escuchar palabras de bienvenida. Una mujer se incorporaba tras el mostrador recibiéndome con amabilidad.  Delicadamente, como si dolieran las palabras pronunciadas dentro de la boca, le expliqué la situación:
–Ya no la necesito –musité, entregándole aquél recuerdo ingrato.
–Lo siento. No compramos productos a particulares –respondió.

Volví -pues no quise salir de mi estado de ensoñación hasta minutos más tarde- a observar las maravillosas paredes de aquél lugar, como si de pinturas antiguas se tratasen. Quise llevarme algunas de ellas, cualquier otra peluca me serviría para reemplazar la que debía seguir cargando dolorosamente y que asfixiaba las entrañas del recuerdo. 

Salí de la tienda con el mismo gesto de aquél que camina despacio levitando sobre un hondo y negro vacío. Caminé sin prestar atención del camino, dándole la potestad al azar del destino incierto. Al ladear la vista hacia un lado, sorprendí a alguien que me observaba tras un cristal. Su rostro me era cálidamente familiar y,  sin embargo, su mueca era como la muerte misma, desoladora y solitaria. No necesité más tiempo para caer en la cuenta de que era tan sólo mi reflejo a través del ventanal del restaurante italiano Gelato di Roma, en donde hacía un año aún palpitaba la esperanza.

Quise enfrentarme a ello. De un salto giré mi cuerpo hacia donde se alzaba majestuoso el hospital y corriendo hacia él no cesaba la sal humedecida de brotar desde mis ojos hinchados. Al acercarme lo suficiente, hube de parar en seco pues la puerta de aquel imponente edificio me pareció, más que nunca antes, eternamente cerrada. Volví a darme la vuelta y retornar el camino andado, y para ese entonces, tomé conciencia de que ya no podría regresar jamás a aquél lugar. 

Fueron mis pasos los que me alejaron de aquella zona, dejando atrás el hospital y cruzando por la avenida en la que hacía esquina la tienda de pelucas de la calle Luna.   


Mariposa incompleta por el lenguaje




                                                                                     v                u
                                                                          o                                      e
     v                                                               t                                                   l
               u                l        a                  l                                                             a
                         e                      a                                                                          l
                                                                                                                         i  
                                                                                                                     b
                                                                                                                  r
                                                                                                             e
                          q                        r                                                   v
                        u           l         a         o                                         u
                            e                         m                                   e 
                              t                        n                                l
                              e                       i                                      a
                              a                         s                                         s
                             t                            e                                           i
                           o                                j                                         n
e                       r                                     a                                       l      
  t                  m                                            u                             e
       n        e                                                              g         n

Post-it

“¡Buenos días, princesa!”. “Hoy tendremos velas, música e intimidad…”. “Me encanta mirarte mientras duermes”. “Eres mi luna, mi estrella, mi sol”. “Cariño, hoy llegaré antes: Tengo una sorpresa para ti”. “Te quiero”. “Te amo”. “Te pienso…”. “Antes que a ti, olvidaré mi nombre”. “Ha sido toda una suerte encontrarte”. Y así era como notita a notita diaria en la nevera, en la silla, en la cama o en la ropa, se estaban contando la historia de amor más bonita del mundo. 

La casa muerta

Cesa, Oscuridad” –pensó. El mar hervía en luces azuladas velando en calma por las bestias de lo profundo que rodeaban expectantes la tierra de altos y gruesos troncos mostrando éstos sus frutos entre hojas duras. La sospecha no se hacía esperar pues se ocultaba así el infame porte de la prisión.

El poso

Los posos, esas cosas ancladas en el fondo...


Vas dejando huella

como posos de café

en una fresca mañana.


La luz entre las hojas,

el rocío a la guitarra,

aquellos tiempos de dicha

en que escribía tu nombre

y ya de pronto olvidaba.


Que nadie sabe por dónde

se va a despertar el alma.

Jondo raptado

No tengo,
no tengo y quisiera
pero no quiero.


No llevo a mi boca

haza de pan
ni hambre que mate.
Manantial que refresque
en mi garganta no riega
ni sed que calle.
Alegría que ría,
tristeza que llore.
Qué más da si me quedo dormida
en mis sueños de amores.


Nunca despierto, nunca despierto

y cuando abro los ojos
caracolitas de flores
se las lleva el viento.
Trabaja el jornal, jornalero.
Cinco horas echamos y
aún quedan otras cinco.
Que entre el dinero y el rico
no hay lugar en el tiempo
para el tiempo mismo.

Tú y yo tuvimos un tiempo

Tú y yo tuvimos un tiempo,

amarramos las horas

y otras tantas dejamos

que alzaran su vuelo.


Tú y yo caminamos por veredas,

despertamos al sol en su cuna,

galopamos sobre lomos de cigüeña,

dormimos con canciones a la luna.


Anoche ella me decía

mientras prestaba mi canto

que rociase su rostro invisible

de blanca lluvia de marzo,

que recordaba tus ojos

pintando de azul los barcos.


Tú y yo como piedras de río,

como crin de caballo

que se agita con brío

ante el horizonte alejado.


Tú y yo bordeamos los hilos

de las nubes al paso lento.

¡Ay! que todos los besos nos dimos

haciendo de labios, gemelos.


Una estrella ha caído

haciéndose muda en el viento,

del cielo a la tierra su recorrido.

Tú y yo tuvimos un tiempo.


El día

Abre paso la mañana,

de su mano el férreo canto

aviva el vuelo sobre la plaza.

Las aves peinan el campanario.


La tarde nunca tarda,

aunque siempre atardece.

Cae puntual en la explanada

donde el jolgorio florece.


Rebosa el gentío en el mercado

de vivo color algarabía.

Frutas, frutos, tejidos y trapos

de mano en mano durante el día.


Caminito tras la verja

ya de lejos te escondes

de las sombras que se acercan

a llorar la noche.


¡Noche, seas en vela

o entre sueños!

Yo no quiero tu presencia

si no es con besos.

El reloj, el ánimo y la cultura

A veces la vida pesa,

pasa la vida.

Y atiende siempre al tiempo

encadenada.


A veces estancada la existencia

te recuerda sin tregua que

a veces la vida pesa,

pasa la vida.

El amor imaginario

Vos qué "hacés" desvelada
de la noche a esta hora
en que la manilla larga
corre tras la manilla corta

Caballera de estas noches
de aventura y primavera

No dudo en crearte
de mil maneras
en mi poemario de pasiones

¿No harás poesía conmigo?

Reconforto mis hombros en la almohada de tus labios

Repaso versos de desamor pasado
Mientras me relames las heridas y te acaricio el pelo

Me desvelas en cada sueño y yo no me quejo por tu constante presencia

Por más que intento hallar la respuesta

Se ha resignado nuestra luna a un suicidio de pasiones

¿No harás poesía conmigo? Dijiste…

Tu verbo

Pausar, desplegar, atiborrar, dormitar, invernar, escanciar, esfumar, contestar, dibujar, contemplar, recrear

Un jardín en tu edén

Como un sueño dentro de otro sueño…

El acuerdo pacífico

La paz es el resultado del acuerdo en el que un ser humano extingue las frustraciones que le crean las ofensas del otro, y donde este otro, a su vez, extingue también las heridas recibidas de la otra parte.

Y este acuerdo es siempre la opción más inteligente, beneficiosa y útil.

Por ello, sólo los mediocres detestan la Paz.

La erótica curvatura

Gota de agua que perfila
la erótica curvatura de tus líneas
A veces ásperas y a veces
a veces tan sólo ajenas

Merodean por tus pechos
mis libres pensamientos
carentes de censura

Cómo no destaparte sin mesura
la dulce austeridad de tus encantos

Y me encuentro con tu desnudez y la mía
y recobro el aliento ya olvidado
y desato en mil pasiones la cordura
y me ciego por beberte entre tus labios

El cuervo

Y a tu espalda mi lengua asciende
Desde tus pies a tu vertiente
Sonrisa invertida que apetece

Y el cuervo quiere salir
Desde la piel que hierve
Tinta impregnada

No sé si sabrás
De mi origen lesbio
Desconozco si respiras
Mis intenciones sanas

De morderte
el alma desnuda
con que me observas

y así
ahogando el aliento
me olvidé de las otras vulvas

Tu mano sobre un gato

Tu mano sobre un gato

Tu gata

Y yo te miro

Miro dentro de tu urna de cristal

En donde vives felicidad

Y yo te miro

Desde la inmensidad del mundo

En donde vivo

Viviendo sin ti.

No te amo

No te odio

¿Qué queda?

¿Qué es lo que me impulsa a escribir un poema sobre tu retrato?

Quizás porque desapareciste de repente

Quizás porque no te vi alejarte

Y así ocurre

Que al pensarte cada cien años

Parece que te he encontrado

Por fin

De nuevo junto a mí

Como si las tormentas

No nos hubieran arrastrado

A otras vidas

a otros brazos.

Voz y quebranto.

Quisiera que no puede

Dolor que acechas a mi alma vencida

no te ausentas ni cuando duermes

Desgarro un quisiera que no puede

lamer de tus manos las heridas


No te escucho y sé qué esperas

de gaviotas y flores

de quejidos y amores

un par de guitarras que sientan


Dale leña seca para avivar la hoguera

que salten chispas a los pies de aurora

para que abra sus alas rojas

al vuelo íntimo de la canción protesta


Cunita de niña y trenza

rodillas rosadas que corretean

de charco en charco

y la risa empuja al columpio

a una juventud morena

que desnuda tímida sus encantos


Como tu voz, la mía

Hablaré a todas las flores que oliste

para que así te recuerden

como agua que es vida

y las que arrancaras, las inertes

que permanezcan allí donde no se olvida

De colores rosas

Por tu pecho desnudo

sonrojada

La mayor ventura, sin duda

verte enamorada



Si al mirar la claridad de tus encantos

me veo siempre difusa

Como un desliz

al evocarte sin tu blusa



Es esa mi pregunta

al silencio de tus labios

Cómo desafiar a tal agravio

Cómo tus noches mis canciones de tuna



Un cantar que al cantar

en tu cabello anidaran

de colores rosas

bajo cada luna

Sin título


No encuentro mayor placer que desearte y lamerte las neuronas de tu excentricidad

La única razón que me divierte

A la par que desmiembro los soldados de tu sensual timidez protectora

La única razón que me pervierte.

Más que nunca,

Al encontrar que detrás de todas tus hierbas de la superficie,

No menos cautivadoras,

Existe una reina,

Antes esfinge, misteriosa

Con enormes senos de pezón duro

De mirada feroz, como carnívoros

De la vagina mental que me supera

Que se acrecienta

Cada vez que me aprietas la deshonra

De jugar con el sexo como si existiera la muerte

Satisfaciendo los deseos en la espalda de la sombra

Practicando el ansia, el poder, el amor al miedo

Cuyo aliciente tremendista no es otro que un pene erecto.

El amor de una pareja camina aceptado

Si en su lecho todo es aceptable…

Guíame de tal modo que se rompan todas las reglas

Salpícame los flujos y que se enrede

El amor con su máxima existencia

Y el sexo como si existiera la muerte.

Furba

Reabsorber la manta de desgracia que perturba

mis ojos desaliñados como estampas que se frotan.

¿Oh, habrías sido tú mi diosa,

sólo una miserable furba?



Detener no quiero las arenas que te entierren

¡Y que ahogue la mar tus pestañas de cielo!

Que el aire se haga tormenta en tus sienes

Y que clames perdón a los pies de mi fuego.



    
     

Quiero, quiero

Quiero, quiero

 

en lo más profundo de mi infierno

 
una rosa que te alcance...

y que sea con espinas de mármol negro

y que transpire amor desde su terciopelo azul

pues no se vio jamás un amor tan grande

 
que pudiera romper en mínimos pedazos

 
todos los cristales salinos del mar

 
¡No! ¡Que no voy a dejarte!

¡No voy a dejar que me tires

 
al abismo escarpado de tu odio!

 
¡Huiré, correré, volaré, quedaré libre!

 
blandiéndome entre los barrotes

 
del oxidado rencor de tus pestañas


 

Y nada de mí te habrá tocado,


Ya nada de mí te habrá usurpado.


Renazco de todo vientre atado

 
Y planto en el mar, con sumo cuidado

 
Todas las rosas que nos faltaron


Pues no pude amarte más

 
Y no pude hacerte más daño

Y aunque tu furia mi libertad atrape



Quiero, quiero

 
en lo más profundo de mi infierno

 
una rosa que te alcance...

 
  
 
  

Anticuento


Gusto el helado de carne que la rosa y vieja caperucita me preparó

Por entre los montes gemelos se alza el gran monte viudo

Qué gran presencia

Qué gran espectáculo

Allí mi alma se desprende y comienza a volar

Se acerca a la fuente del deseo,

Un sátiro es devorado por su presa

Me como a Pan

Las estridentes carcajadas llegan hasta mis oídos

Llegan incluso a mis lágrimas

Incluso a mi aliento

Vienen del monte viudito

Nadie las ha llamado

Vienen solas

Mofándose de la vergüenza

Que pasó caperucita roja

Al comerse al lobo feroz