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El último poema

Entre el otoño y el invierno he venido
a este acantilado que dibujabas,
para recordarte y, posteriormente,
retenerte, al fin, en el olvido.

Aquí vengo, clamo, declaro y recito
que el amante no bese la derrota
y sin embargo, siempre la está besando
allí donde se entierra, quebrado, su delirio.

Siendo nada, en la nada hemos sido.


Mar

Rompen las olas,

fluye pintura blanca. 

Mural salado. 

Nube

Cielo almíbar, 

en tu sueño despierto. 

Quizá el mío. 

Adiós

Vuelan gaviotas, 

oigo el alma del hombre. 

Cenizas al mar. 

Mañana

Ya he bebido.

Escucho petirrojos.

Leche de avena.

Noche

Canta un grillo.

Las luces decayeron, 

salvo la luna. 

Nada

La he oído. 

Silenciosa ofensa,

siempre la muerte.

Amor

Te he besado. 

Tu corazón me mira;

Me has besado.

Horizonte

Ya anochece. 


Oleoso naranja, 


te difuminas. 


Paisaje


Yo no decido


qué es lo que es bello.


Las nubes o tú.

El caso pendiente

     No es un hecho extraño encontrar atrapada la moralidad más allá de los barrotes ennegrecidos de lo ambiguo. Ella era una mujer casi anciana. Sin duda, no aparentaba su avanzada edad. Pareciera que cuando nadie la observaba, se rebelase fuertemente contra el paso del tiempo, y a pesar de las huellas, reclamos y reproches de éste, podías, en una simple mirada, a cada cincelada, desvelar el modelado de la hermosa joven que dormía dentro.

     No era su primera noche en prisión ni sería la última. Su condena fue tan justa como excesiva. Su delito, cuchilladas de innegable razón ante aquél, a veces conocido, que abusa de los débiles. No se trataba de honrar a su hija, ni siquiera de darle descanso; era un impulso violáceo, un acto heroico cuyo fin fue degollar el mal, aún haciéndose, de este modo exterminador, parte de él.

     Ni siquiera comía carne. No soportaba la crueldad ajena.

     A día de hoy el caso sigue pendiente. 


Naturaleza

Desde el silencio me hablan

montañas a lo lejos,

tejido vivo, 

 verde y amarillo,

en donde se pose la mariposa. 


Soy todo  lo que ello conforma,

y existo en esa existencia.

El cálido cielo respira en mis sienes

como un beso que pronto despierta. 


He remado hacia esos árboles, 

 jamás huyen ni abandonan. 

La claridad silba caricias al día

con el canto alegre del pájaro. 


Y en él se acuna en calma mi sentido,

y en su regazo adormezco,

en la eterna existencia 

en la que ahora existo. 


Poemas otoñales

I


Ha caído el sol y de su eco ya no arde fuego.

Las  hojas se han tornado del color de la tierra

y el soplo del viento se hace gris y fuerte.

El paso del hombre se vuelve lento

pero firme,

y su gesto se torna alicaído,

desgastado.

Los botones de su abrigo se van colando entre la tela

y no dejan frío que deje aún más tirante y seca

la piel de sus manos.



II


La puerta de la ciudad queda abierta y de su soga cuelgan los cadáveres respirando ruido y desorden. Sin duda sobrealimentan mi necesidad de sabor metalizado, a hierro, a sangre, a vacío acompañado de vacío.



III



Se está nublando el día.

Caen sobre tu cabello vestido de otoño

hojas mordidas por el tiempo.

El día se queda quieto, impasible.

Las sombras se esconden tras el sol caduco

y un pájaro llora la dureza desnuda. 

Se nubla el día, se está nublando.

Y amanece el cielo milenario

en la mueca de tu boca. 



La salida del Ocaso



Qué más da decir que no decir nada

si el silencio aguarda

al propio silencio

y  a las palabras.


Ya no pretendo correr entre estatuas de gloria.

Tampoco a mi barco le sopla ya un viento

de aliento austero.


Me limito a no limitarme.

No hallo pasos temerosos

que se muerden el tiempo

siguiendo una línea continua.


Ésta vez me propongo

un despropósito sensato,

tanto como lo es una vida de lluvia.

Anthurium Andreanum

          Como quien tiene hambre de mil años, olfateaba su rostro invisible a la vez que arrancaba con mis rodillas ardientes el candado de su múltiple entrepierna. No era un hombre bello, ni siquiera una mujer hermosa, era ambas cosas pero ninguna de ellas. No cesaba, a causa de esa fuerza mayor con que azota el deseo, de acariciar su dualidad como un todo perfecto, una obra completada en sí misma que me profesaba, correspondiéndome, toda su capacidad de amar. Al tiempo que yo descendía por su piel, me alentaba en morder, con esa suavidad imperceptible con que las aves se besan, sus pezones rosados. La textura de su sexo, a diferencia de otros casos no había padecido mutilación en la niñez, se hinchaba ante mi sola presencia desbocada, abriéndose o creciendo inevitablemente como así siente el alma del anturio.

La culpa

A la mañana siguiente todo era naturaleza desnuda y humana. Había dejado de oír el canto de los pájaros como truenos desquiciantes. Mis sentidos habían aminorado. Mi furia dolida era ahora un veneno que dormía silencioso bajo la funda de piel que envuelve como una máscara al ser humano. Caminaba saltando las hojas otoñales, secas o mojadas tras una noche de lluvia, amontonadas entre grandes piedras. Decidí sentarme sobre la más alta, como si tuviese derecho a sentirme poderosa. Y allí estaba ella. Sobre una pequeña y hundida roca, entre lamentos de sangre, yacía su cuerpo mortificado.  Y ya no estaba visible la luna para culparla.

La prisión

Me había sumido en un embudo de locura transitoria desde la repentina muerte de mi madre. Los objetivos que me había marcado durante toda una vida, ahora se me mostraban difusos a mis ojos. El dolor me había convertido en un ser irritable. Debido a ello y a otros asuntos propios del desamor, las discusiones con mi compañera sentimental, con la que llevaba años de relación, eran constantes. Donde antes había calma y paciencia, ahora gritaba la destrucción.  

El sol brillaba en todo su fuego, y el calor desprendido quemaba en exceso. Característico al mes de julio, el aire se enroscaba por las vías respiratorias tan densamente como una soga. Tanto me apretaba que descendí a los infiernos y donde antes mostraba amabilidad y diálogo, ahora salía de mí una perversa malicia. En uno de esos arrebatos no advertí de forma consciente la violencia con que lastimaba a quienes estaban a mi alrededor. Durante años, aquellos a quienes falté no cesaron de señalarme con dedo acusador, y tras varias denuncias y juicios, finalmente me condenaron. En apenas unas horas desde que el juez dictó la sentencia condenatoria, fui llevada a prisión. Lo que ocurrió después, queridos lectores, voy a narrároslo sin perder detalle alguno. 

No tengo recuerdos de cómo llegué a ese lugar. De hecho, y tras algún intercambio de palabras con los demás presos, ninguno de ellos lo recuerda tampoco. Los intentos en buscar una puerta o alguna grieta eran frustrados.  

La prisión tenía forma cilíndrica. Era un largo tubo de hierro oxidado de unos 50 metros de diámetro, a medio tapar en su parte superior, que ascendía hasta casi rozar el cielo, permitiendo así hacernos vasallos de las inclemencias del tiempo. En la pared de la prisión y por todo su contorno, tan sólo un saliente sobresalía a modo de asiento. Este saliente tenía tan sólo un ancho de 30 centímetros. Si en las primeras horas de verme allí hube tomado la decisión de sobrevivir, entonces debía quedarme quieta y sentada. Los días me observaban siempre sentada, sudando vértigo y apretando mis manos al final del bordillo, en donde mis rodillas ya no encontraban dónde apoyarse de tal modo que los pies balanceaban colgados en la terrible gravedad oscura de lo profundo, en donde no se veía fin. Al ser una construcción simétrica, al mirar al frente, cruzando con la vista el espantoso abismo negro, creías ver clones de ti misma repartidos por todo el pequeño saliente. Sin embargo, la desoladora realidad era bien distinta. Todos ellos eran reos, todos ellos culpables.

En diversas ocasiones, urgía moverse o comunicarse, para ello algunos de los presos caminaban por el estrecho suelo. Seguían el trayecto circular cuidándose de no tropezar con las rodillas o manos de quienes estaban dormidos, muertos  o simplemente sentados sobre el saliente. Varios de ellos, en su intento de estirar el cuerpo y tras un paso en falso, resbalaban cayendo al vacío. Y lo que seguía tras largos segundos era tan sólo un sonido seco. Ni siquiera un quejido. Alarmados los demás, y como si de una orden se tratase, los caminantes buscaban menos de medio metro donde sentarse y volver a masticar su ansiedad producida por las condiciones en las que se encontraban, envueltos en la inmensidad soberbia del vacío de la prisión. El sudor y la angustia. El hambre, la sed y las necesidades fisiológicas. Todo era sucio, todo estaba en guerra.   

Como no os resultará de difícil comprensión, muchos de los reos se daban al suicidio para dar fin a su desesperación. Tan sólo era necesario un pequeño paso hacia delante y la boca negra te atrapaba en temible oscuridad. Y de nuevo, un golpe seco.

Decidí que iba a ser mi turno. Aún no había transcurrido ni una semana desde mi ingreso en la prisión, no obstante, la muerte lenta en un futuro cuerpo famélico me producía mayor pavor que la muerte repentina. Adelantando un pie sobre el otro, me dispuse a caer al vacío pero no sin antes dar un gran salto hacia delante con la escasa vitalidad que reservaba. Ninguno de los presos que se habían despeñado anteriormente habían saltado tan alejados del saliente.

Caí. Tardé en darme cuenta de que los horrendos y fantasmales alaridos que se oían en la negrura de aquél vacío no eran sino el propio eco de mis gritos en una última llamada de socorro.

            Seguía cayendo por el centro de aquél monstruoso edificio, implorando dejar de vivir. Sin embargo, la prisión me tenía reservada otros planes, si cabe, aún más macabros que seguiré relatando para vuestro deleite o terror.

Lejos de sentir la no existencia, todo mi cuerpo se hundió en agua. Nadando en cuanto pude salí a flote comprobando horrorizada que estaba en el centro de otro saliente ahora más ancho en el que se sostenían todo tipo de pinchos, lanzas, hierros y cuerpos humanos atravesados y en descomposición. Al mirar hacia arriba podía, no sin esfuerzo, distinguir las siluetas de los reos que habían quedado expectantes o simplemente sentados en una distancia respecto de mí de unos 200 metros aproximadamente. La suerte quiso que cayera en un punto seguro. El agua me llegaba hasta los hombros y supuse que lo que hubiere debajo de mí sería lo bastante profundo, ya que el descenso bajo el agua a raíz de mi salto había durado largo tiempo. Tras volver a sumergirme, comprobé al morderme los labios que aquella agua era salada. Entonces sentí alegría. ¿Podría haber una apertura que diera salida al mar? Mis carcajadas nerviosas llegaron a todos los rincones silenciosos de la prisión. Estaba viva y ahora debía dirigir toda mi atención en escapar de aquél infierno. Pensé en comenzar el buceo yo sola, pero no pude hacerlo. Un sentimiento de solidaridad marcaría mi destino.

Grité a los demás presos cómo debían saltar. A través del eco recibían mis indicaciones para acabar exactamente en el punto de agua donde yo había caído. Sólo la suerte y un gran empuje determinarían su futuro. Aunque en aquél círculo de agua había espacio para varias personas, me aparté para resguardarme debajo del saliente ancho de pinchos y otros hierros, en donde aquellos desgraciados habían hallado su cementerio, y esperé a que los demás fuesen llegando. Aquél nuevo cobijo no me iba a suponer un problema para mi respiración puesto que, desde mi cabeza hasta el techo del saliente, había suficiente distancia como para ni siquiera poder trepar.  

Poco a poco iban llegando. Los que habían sido rozados por el buen azar, fueron resguardándose ellos también, a la espera de los demás, embriagándonos juntos y con abrazos mutuos debidos a aquella alegría inesperada. Los que caían sobre el saliente, ya conocéis su fatal desenlace. Al poco de cesarse los saltos, reanudamos juntos la exploración de aquella nueva zona con el fin de encontrar una salida. Buceamos incansablemente. Y entonces recordé lo mucho que siempre me había seducido la visión azulada y sensual que se obtiene buceando bajo el agua. Sin embargo, ahora apenas podía ver nada, tan sólo palpar unas rendijas por donde se filtraba el agua de mar, y en las que únicamente cabía mi brazo entero, cercanas a lo que finalmente fue, metros más hacia el fondo, el hallazgo de la existencia de un suelo del mismo material férreo con que estaba hecha la prisión.    

La conclusión de todo aquello era devastadora. En efecto, no había salida. Los reos, que ahora les sentía como compañeros, fuimos saliendo al descubierto para recuperar oxígeno y debido también al cese de nuestra impetuosa labor.

Ellos se ordenaron haciendo un círculo a mi alrededor. Me miraban como bestias desgarradas a consecuencia de una trampa de cacería. Sus ojos eran cuchillas que raspaban mis pupilas asustadas. No tardé en descubrir que me culpaban pues preferían como yo, una muerte rápida cuya caída libre te enviaba directamente hacia los hierros afilados, que una muerte lenta y sufrida por deshidratación en un medio acuático con escasas posibilidades de suicidio y sin posibilidad de trepar.

Se abalanzaron hacia mí y entre todos presionaban arduamente con sus manos alrededor de mi cuello, asfixiándome, a la vez que introducían entre espasmos mi cabeza en el agua. Mi intención solidaria tuvo como fin mi asesinato, a causa del ahogo y la asfixia, llevado a cabo por los reos.

Mi delito no fue de los más terribles. Mi condena fue inhumana. Y ahora sólo existo bajo el agua de la prisión.  


El reloj de péndulo



**PENDIENTE DE REVISIÓN**

 Aún eran las doce del mediodía cuando Heriberto marcaba en su teléfono los números que aparecían en el anuncio de una revista de alquileres de viviendas. Tras varios tonos, inició una conversación con su interlocutor al mismo tiempo que hacía anotaciones en su libreta.

Las horas siguientes a aquella escena vinieron acompañadas de un tiempo que parecía desesperado por hacer oír su lamento entre el gentío, golpeando con fiereza sus puños de agua contra el cemento de la ciudad. Bajo los paraguas, Heriberto y el que sería su casero en los próximos meses, Víctor Jrónoi, se encontraron.   

La casa no le disgustaba. Era un edificio antiguo situado en el barrio de Prosperidad y, aunque era un segundo sin ascensor, la vivienda era bastante amplia. Nada más entrar y a la derecha se encontraba la habitación principal, teniendo a su izquierda el salón, la cocina, el baño, una segunda habitación y un cuarto de estar sin puerta, abierto mediante una entrada en forma de arco que abría el paso de la luz natural que provenía del balcón de aquella sala. Los muebles, que abarcaban toda la pared, se mostraban soberbios como milenarios gigantes de madera oscura. Además, cuatrocientos cincuenta euros por cada mes era un precio más que razonable.

Según entraba al piso, lo primero que veía Heriberto era un reloj de péndulo a unos cuatro pasos de él. Se trataba de una antigüedad bien conservada revestida de madera de roble noble. Como si de una paleta de pintor se tratase, en donde los colores se alinean en círculo a la espera de que sean escogidos y a veces ultrajados en varias mezclas, la pálida esfera del reloj mostraba orgullosa, y hacia todas direcciones,  dos serpientes abriendo la boca, dos retorcidas manillas, como pinceles del diablo,  que señalaban la negra y brillante silueta de los números romanos.

A ambos lados de la esfera, dos columnas se erguían como baluartes de lo maldito apuntando sus cabezas afiladas hacia el cielo como si de un juramento perverso se tratase. En su lado frontal, las columnas estaban talladas en relieve sombrío y en ellas se podía leer a través de sus imágenes el aciago origen de la Humanidad y el Tiempo, encadenados el uno al otro en un contexto de naturaleza violenta y cruel.  

Bajo esta verdad revelada y por todo el cuerpo del reloj, colgaban en el interior de la vitrina tres pesas y un péndulo de bronce que se movía de un lado hacia el otro arañando el espacio que lo mantenía seguro.

Víctor Jrónoi y Heriberto ya habían firmado el contrato de arrendamiento cuando el primero le confesó que algunos de sus antiguos inquilinos habían desaparecido sin dejar rastro alguno, pues se habían marchado de la vivienda dejando en ella todas sus pertenencias. Heriberto no le dio importancia a este suceso y repentinamente se le vino a la mente un pensamiento: “si el ser humano moldea a su gusto el medio que le acoge, quebrantándolo, es entonces legítimo que la tierra lo devore”. Por supuesto, Heriberto no compartió este sentir con su casero.

Los días caminaban uno tras otro y la rutina imperaba sobre todas las cosas, tan sólo dominada por el tiempo. Cada mañana, Heriberto salía de su nuevo piso para dirigirse al trabajo. Tras su larga jornada volvía a su hogar, cenaba temprano y se tumbaba para leer una o dos horas hasta que el sueño, finalmente, le vencía. En todo este orden metódico de hechos algo iba carcomiendo la estabilidad del inquilino que no tardó demasiados días en descubrir el motivo de su desconcierto. Oscilaba el péndulo cada segundo con impulso dorado, no obstante, el reloj ya no marcaba las horas a su tiempo preciso y exacto, se demoraba incluso horas y cuando eran las doce de la noche el reloj cantaba desde la sonería con el ímpetu y la vehemencia de las doce del mediodía. Cada grito metálico a destiempo era un despropósito para la ordenada y metódica rutina de Heriberto.

Harto de aquello, de aquella absurda punzada en las sienes, de aquel caótico destiempo, Heriberto decidió llamar al señor Jrónoi explicándole lo sucedido y sugiriéndole una solución, a lo que su casero le respondió amablemente que llamaría a un operario y que todo ello correría, cómo no, de su cuenta. Transcurrido un día y medio, el relojero se presentó en la vivienda y para evitar cualquier molestia de uno para con el otro, Heriberto decidió salir a dar un paseo mientras el operario estuviese ocupado poniendo a punto el reloj. 

El operario era un hombre menudo, ni muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy flaco, un hombre simple, un simple hombre que, precedido por años de experiencia, quitaba una a una las piezas del reloj, colocándolas cuidadosamente sobre el suelo. 

Ya habían pasado un par de horas cuando Heriberto introducía la llave en la cerradura, tras abrir la puerta y para su sorpresa, clavado frente a sí le miraba un reloj entero, imponente y soberbio, loco y desbocado en su movimiento de agujas, manecillas y números, que daban vueltas como movidos por la mano del mismo Mal. El reloj chillaba y el ruido de las campanadas se hacía ensordecedor. Sobre el suelo, Heriberto encontró el maletín del operario. Molesto, llamó al número de teléfono que estaba anotado en una de las tarjetas del interior del maletín para quejarse del mal servicio y de la escasa profesionalidad que se le confiere a alguien que se esfuma de un trabajo sin terminar. No obstante, nadie atendió su llamada.

Tan pronto como hizo esto, el reloj pareció calmarse. A los pocos días volvió a dar mal las horas y campanadas y habría de pasar un par de semanas hasta que decidiera arreglarlo él mismo. 
  
Para Heriberto, tan malo era el tiempo a destiempo que no disponer de él y entre tanta agonía que su ser soportaba se dispuso al fin a la tarea pendiente. Frotaba las piezas con sus manos y un trapo para luego colocarlas una a una en el interior de la caja del reloj con idéntico esmero que quien acuna a un bebé y le colma de atenciones y cuidados. Se sentía reconfortado comprobando cómo cada pieza, milimétricamente calculada, encajaba a la perfección en el lugar que le correspondía dentro de la caja de sonería. Instantes después, y sobre las manos de Heriberto, empezaba a asomar una masa blanda de un tacto viscoso y pegadizo que se extendía como la hiedra entre los engranajes. Crecía y aumentaba de tamaño conforme pasaban los segundos. Era ciertamente desagradable a la vista. Al poco tiempo de que Víctor se hubiese expuesto al contacto con el interior del reloj, ese ser sin forma conocida se había se arrastraba desde sus manos hasta gran parte del cuerpo de Heriberto, que comenzaba a tener dificultades para moverse con agilidad. Se expandía de una manera asombrosa, arrastrándose corrosivamente por todo aquello que rezumase vida. Heriberto consiguió al fin enderezarse aunque penosamente, pues comenzaba a tener la visión borrosa de su alrededor. No vislumbraba sino una nebulosa de desgracia que le rodeaba hambrienta. Con extrema fuerza hincaba sus uñas rascando compulsivamente la piel infectada, sobre la que regaban ya hilos de sangre, a fin de desprenderse de aquella materia mordaz. Y fue así como apareció ante sus ojos, hinchados e histéricos, lo que parecía una inscripción grabada en la parte trasera del péndulo del reloj decía así: “De nada sirve modificar el tiempo a nuestro beneficio, pues es sólo él quien verdaderamente nos modifica a nosotros”. Una mueca de horror prosiguió tras pronunciar dicha sentencia, y con la tez amoratada a causa de tan cruel muerte venidera, todo su cuerpo quedó desintegrado, inexistente, al mismo tiempo que aquella cosa se escondía en el reloj.

Nacían los días de la semana en la ciudad siempre de igual modo. Bajo su manto grisáceo e impuro, la velocidad proyectaba ecos de movimiento en un medio ruidoso, oponiéndose así a la nítida quietud y al leve crujir de la vivienda de Víctor Jrónoi.

El reloj de péndulo parecía haberse arreglado solo. De nuevo estaba entero, grandioso, magnífico y soberbio. Y lo reafirmaba el hecho de que daba sus campanadas al tiempo exacto en que debiera, mostrando así su malévola risa de bronce. Ya no era visible la materia nauseabunda. La sangre tóxica dormía ahora en el interior de la bestia.

Pasaron varias semanas hasta que Víctor Jrónoi volviera a enseñar el piso a nuevos posibles inquilinos, esta vez para venderlo. No deshacerse de aquel engendro nacido del mal, revestido de madera, habría tenido toda sentencia salvo la de prudente.

 Llegados a este punto, he de abocaros a otras ideas, ávidos lectores, pues hasta aquí se me permite relatar esta historia y es por ello que no podré revelaros si los nuevos propietarios optaron por tirar los antiguos muebles y redecorar la casa.


La tienda de pelucas


Ella estaba radiante y bella como una princesa que baila de página en página por los cuentos. Había comenzado con la quimioterapia y su negro y abundante pelo estaba aún intacto. Su tez morena resoplaba calor de cada poro y entre cada palabra, silencio y entre cada silencio, sonrisa. Sonrisa dulce y amarga que acompañaba fielmente a su mirada oscura y penetrante. A veces resignada y a veces retadora. 

Tras su ducha diaria, me pidió como de costumbre en esos días de hospital, que impregnase de crema hidratante su cuerpo sedoso. Al poco de acabar la tarea, se abrió la puerta de la habitación, entrando con ímpetu y acción mi tía. En su mano llevaba una bolsa que entreabría dejándonos ver su contenido. El objeto comprado no era sino una cara peluca, que seguía los cánones de la moda, perteneciente a la tienda de la calle Luna, que hacía esquina con la avenida en donde estaba situado el hospital en el que había sido ingresada mi madre.  Ella, frunciendo el ceño y palpándose el cabello, alegó que no lo necesitaba. Pero recibió una respuesta clara que le hizo comprender la futura situación que iba a venir inevitablemente.

Una vez a solas, pregunté a mi tía si se había encontrado, por el camino y de casualidad, ese establecimiento o si, en caso contrario, lo conocía de tiempo atrás. Mi tía me explicó que estas tiendas se situaban, lógicamente, en las zonas donde la necesidad de los clientes podría ser mayor. Me sorprendió entonces mi ingenuidad pues parecía no asumir aún la magnitud de la situación por la que mi familia y yo estábamos atravesando. 

Los días, las semanas e incluso los meses, se sucedían uno tras otro preguntándose con temor y esperanza cuándo acabaría todo aquello. Mi madre ya notaba las primeras dificultades. Aunque la fiebre y los vómitos no asomarían jamás por su debilitado cuerpo como a muchos otros pacientes les sucedía, la calvicie ya asomaba, siempre a solas entre los más íntimos por una cuestión que ella caracterizaba siempre, en su coquetería, como dignidad. Para todas las visitas restantes, lucía con atractiva resignación su aterciopelada peluca de tonos  morados y rojizos.

Una tarde, y tras ajustar los turnos para el cuidado de la paciente, mi tía y yo bajamos por las escaleras en dirección a la calle para buscar un sitio donde comer. Al rato de caminar, un poco más alejado y en la misma calle donde se encontraba la tienda de pelucas, el ambiente de un restaurante italiano llamado Gelato di Roma nos incitó a entrar. El camarero nos indicó, con un leve movimiento de cabeza, que le siguiéramos hacia la mesa disponible. Era una pequeña mesa para dos personas situada junto al ventanal, un ancho y fino cristal por el que se percibía la bella luz del sol acariciar como pincel amarillento la inquietante calma de la calle Luna. 

Entre plato y plato, las palabras acallaron los gritos del silencio compungido que presionaba fuertemente nuestro ánimo: 
–Pasan los meses y le encuentro cada vez más débil –me atreví a decir.
–La quimioterapia es un veneno –sentenció.
–Apenas ya me regaña, ni siquiera conserva su mal humor –proseguí, sin dejar que se percibiese el miedo.
–Debemos afrontar con fuerza todo lo que pudiera suceder –alegó, compartiendo el mismo sentir.

Tan sólo dos semanas después, su cuerpo dejó de continuar con sus funciones vitales. Una infección bacteriana conocida como sepsis produjo pequeños coágulos sanguíneos que bloquearon el flujo de sangre a los órganos vitales causando su insuficiencia, y por ende, la muerte. Muerte fría, injusta y mediocre que arrancaba la vida de ella ante la mirada inerte de los objetos que tenían su lugar en la sala del hospital.   

El año que siguió no se ajustaba a lo que se entiende por vivir. Más bien sobrevivía entre pensamientos que chocaban entre sí como piedras incandescentes. Yo había heredado todos sus bienes y tuve que asumir hacerme cargo de vender algunas cosas que ya no eran de utilidad. La peluca, siempre arrinconada en algún cajón, había perdido a mis ojos todo su brillo y color. Por mucho que me esforzaba en el empeño, ya no quedaba rastro de su olor maternal en aquel desalmado objeto. Supe entonces que debía deshacerme de ello cuanto antes. Acudí a varios establecimientos de compraventa y en ninguno obtuve éxito. Tras un amargo impulso de recuperar lo perdido y revivir las ausencias, contemplé la posibilidad de volver al hospital en donde cruzando por la avenida hacía esquina la tienda de pelucas de la calle Luna. Y eso fue lo que finalmente hice. 

Al llegar allí, evité levantar la cabeza hacia donde la línea de los edificios rasga hiriente el cielo. No quise que mis ojos buscasen más que aquel establecimiento. Una vez situada  enfrente de él, y dejando paso a la gente que entraba y salía, me dispuse a entrar. Ya en el interior, miré a mi alrededor y no negaré el haberme deleitado con la gran cantidad de belleza que se alzaba por encima de mi cabeza en un semicírculo ordenado de pelucas según corte, estilo y colores. 
Salí de mi estado de impresión al escuchar palabras de bienvenida. Una mujer se incorporaba tras el mostrador recibiéndome con amabilidad.  Delicadamente, como si dolieran las palabras pronunciadas dentro de la boca, le expliqué la situación:
–Ya no la necesito –musité, entregándole aquél recuerdo ingrato.
–Lo siento. No compramos productos a particulares –respondió.

Volví -pues no quise salir de mi estado de ensoñación hasta minutos más tarde- a observar las maravillosas paredes de aquél lugar, como si de pinturas antiguas se tratasen. Quise llevarme algunas de ellas, cualquier otra peluca me serviría para reemplazar la que debía seguir cargando dolorosamente y que asfixiaba las entrañas del recuerdo. 

Salí de la tienda con el mismo gesto de aquél que camina despacio levitando sobre un hondo y negro vacío. Caminé sin prestar atención del camino, dándole la potestad al azar del destino incierto. Al ladear la vista hacia un lado, sorprendí a alguien que me observaba tras un cristal. Su rostro me era cálidamente familiar y,  sin embargo, su mueca era como la muerte misma, desoladora y solitaria. No necesité más tiempo para caer en la cuenta de que era tan sólo mi reflejo a través del ventanal del restaurante italiano Gelato di Roma, en donde hacía un año aún palpitaba la esperanza.

Quise enfrentarme a ello. De un salto giré mi cuerpo hacia donde se alzaba majestuoso el hospital y corriendo hacia él no cesaba la sal humedecida de brotar desde mis ojos hinchados. Al acercarme lo suficiente, hube de parar en seco pues la puerta de aquel imponente edificio me pareció, más que nunca antes, eternamente cerrada. Volví a darme la vuelta y retornar el camino andado, y para ese entonces, tomé conciencia de que ya no podría regresar jamás a aquél lugar. 

Fueron mis pasos los que me alejaron de aquella zona, dejando atrás el hospital y cruzando por la avenida en la que hacía esquina la tienda de pelucas de la calle Luna.   


Mariposa incompleta por el lenguaje




                                                                                     v                u
                                                                          o                                      e
     v                                                               t                                                   l
               u                l        a                  l                                                             a
                         e                      a                                                                          l
                                                                                                                         i  
                                                                                                                     b
                                                                                                                  r
                                                                                                             e
                          q                        r                                                   v
                        u           l         a         o                                         u
                            e                         m                                   e 
                              t                        n                                l
                              e                       i                                      a
                              a                         s                                         s
                             t                            e                                           i
                           o                                j                                         n
e                       r                                     a                                       l      
  t                  m                                            u                             e
       n        e                                                              g         n